Muy temprano en la mañana y despierto con la sensación de que hoy voy a cambiar al mundo, me dirijo a la cocina y le pido a mi madre una palanca en lugar de panqueques y busco la manera de llegar al lugar, donde a estas horas, ya debería de estar.
Al salir por la puerta veo cuatrocientas cosas distintas y al mismo tiempo todas parecidas, me resaltan unas más que otras y se supone que ignore algunas que son un pequeño regalo que despreciamos a diario.
Las casas multicolor entre mi puerta y la puerta en el portón de aquella casa de dos niveles color marrón; amarillas, verdes, blancas, azules, rojas y unas que otras de ladrillos color ladrillo con manchas negras que marcan el paso del tiempo.
Miro al cielo y me encuentro con miles de nubes que parecen de ensueño, que tienen formas de animales y me topo con un jabalí que le habla a un pez de cómo el tiempo y aire son los mejores amigos que puedan tener.
Camino un par de pasos y cierro la puerta tras de mi, y empiezo a sentir como el aire juega con mi pelo mientras me muevo lentamente sobre la acera de la cuadra y pienso en como estarás vestido el día de hoy, sin embargo, me doy cuenta que eso no importa si tus ojos visten las mimas ropas, del mismo color y tu piel tiene el mismo aroma de siempre.
Sigo caminando por la acera y veo la cara de varios niños que ríen y madres que corren, gatos que vuelan y murciélagos que saltan mientras el sol calienta y las hojas se pasean por el corredor de los recuerdos y viene a mi memoria la primera tarde que te vi caminar por esta misma calle, la primera vez que nuestras miradas se cruzaron al igual que tiempo después lo hicieron nuestras manos, la primera vez que nos dimos un abrazo, un beso y la primera vez que dijimos un adiós para luego volver a un mundo sin pies.
Me detengo en la carnicería y veo a una mujer que compra sueños en lugar de carne y cocina piedras en lugar de papas porque ha oído que los minerales son buenos, el carnicero vende sueños por onza y sin embargo ella pide la libra tras libra porque piensa que son terminables, que no duran para siempre y que se escapan por la puerta trasera cuando no los ves.
He llegado al portón al que debía de llegar, toco el timbre y espero ansiosa, no estoy segura si me abrirás la puerta y sin embargo aquí estoy esperándote.
viernes, noviembre 07, 2008
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